Compuse, con mi musa,
poesías
que no logré creer
que fueran mías,
no las quisiste oír
y se escondieron
sin otro pedestal
que el de mi canto.
Así fueron
muy mudas,
cediéndote el terreno
que me obligó a callar,
aunque dolía.
¿culpa tuya?
¡por Dios!
Fue culpa mía
si decidí callarme,
así pensando,
fui acallando
también
mi fantasía.
Pero ahora que surge
grande, exquisita,
afanando mis horas
de descanso
otra vez, es mi culpa
por querer escribirlas.
Solo los artistas saben manejar su terquedad creadora. Y cuando es innato, difícilmente se pueda ocultar para toda la vida. Gracias a Dios porque esa terquedad hace posible que aflore con gracia auténtica el genio que bueno en tu alma. Un gran abrazo poetisa!