Morir es parte de vivir
en otros cuerpos,
en otras mentes,
en los recuerdos tristes
y recuerdos alegres.
Los recuerdos no se olvidan
y el morir es tan solo permanente
en el recuerdo
que permea siempre.
Puedes perder la armonía
de cada primavera,
la ilusión de volar,
tan libres como pájaros,
el placer de mirar
cómo florecen
todas las flores
cuando la primavera crece
en colores y aromas.
Una vez que los árboles
se acicalan de verdes
hasta las piedras mueren, desaparecen
en los siglos que emergen
y vagan al cesar
su posición en las altas
montañas que perecen,
poco a poco, en esperar
de los siglos y siglos
que marcan sus vaivenes.
Hasta los sin recuerdos
cantan cantos silentes.
Los que no aman,
aunque más quieran,
mueren.
Pues no conocen
la sabia del amor y el vivir
omnipresente.
Morir es parte de vivir
eternamente.