Al hermano que amaba
lo mataron.
Se ama a todos los hermanos;
pero al hermano muerto yo lo amaba,
más que a cualquier hermano;
porque además de hermano,
era mi amigo.
Supimos por la prensa
la noticia.
Su imagen nos hirió
en todos los diarios.
Cayó mirando al cielo,
ante las balas,
llorando la injusticia
del agravio.
Del hecho,
ya pasaron muchos años,
pero la herida abierta,
no se cierra;
porque si no hay justicia,
no se sana
la herida que se abriera
en nuestra alma.
Era espigado y tierno,
altivo y dadivoso
al mismo tiempo,
la sonrisa ligera,
el rostro amable,
la conciencia sin manchas
la entrega exacta
para morir izando
su bandera.
Él poseía el brillo
del valiente
que lucha por librar
a nuestra tierra
de la oprobiosa mano
del que mata,
del que humilla,
del que niega
la paz y el pan
a un pueblo,
que oprimido,
no encuentra en su vivir
más que inclemencia.
Le negaron la muerte
que el destino
pudo haberle tenido
de otro modo.
De alguna otra manera
que no fuera
esta manera cruel
con que cegaron
la vida en su mirada,
siempre buena.
Mataron al hermano,
suponiendo,
matar con él la idea;
pero se fue su espíritu, impoluto,
trazando en envolventes primaveras
sus ideas de siempre,
tremoleando,
en un sin fin de gráciles banderas.
Mataron al hermano,
y en el patio
donde unos ojos niños se dolieron
con tristeza y asombro,
al mismo tiempo,
surgió la blanca forma
de los lirios,
mostrándonos las huellas
del suceso
y un pan amargo
entristeció la espera.
Mataron al hermano
y las palabras
de aquellos ojos niños
que lo vieran,
están resucitando sus cenizas,
cuando justicia y paz
están escritos
en todos los semblantes
de esta Tierra.
Mataron al hermano
y nos legaron
la más perfecta excusa
para vivir luchando,
por todos los hermanos
de la Tierra.