Estoy aquí
frente al Avila
que va desvaneciéndose,
las nubes
inquietantes barrenderas
se van llevando la luz
que todavía queda
y el día muere al fin
sobre Caracas.
El cerro,
extendido consorte,
va formando
aquí y allá
y luego más allá
un penacho
de luces:
verde-olivo,
verde-gris,
gris-azul,
verde-esperanza,
el ruido de motores
va cubriendo la cuesta,
mientras alas febriles
de palomas
se agitan casi en coro
despidiendo la tarde
y luego, poco a poco
se almacenan,
al lado de sus heces,
sobre los toldos verdi-blancos
del edificio donde vivo.
las autopistas,
zigzagueantes grises,
se entrecruzan
preñadas
de un incesante río
que no acaba
de dar descanso
al cuerpo
y a la prisa.
El vaho caliente
del mediodía
ha pasado
dejando su pesadez
sobre la tarde
y la tarde
apurada por el peso,
se ha ido a alivianarse
a otros lugares.
Hace días
que me pierdo,
que no estoy en mi círculo.
Cuando me siento triste,
o poeta o me siento a escribir
me pasa eso.
No quiero compartirme,
busco la soledad de mi balcón
y estoy conmigo.
La noche sigue el curso de los astros
y yo sigo mi curso cuando escribo.