Ella
Ella

Ella

Miro tu majestad

y me parece

que ya te he visto así

montón de veces

tu pelo blanco

en moño recogido

la mirada severa

de maestra de antaño

el porte casi augusto

de dama cumanesa,

la tez blanca diciendo

que vienes de Canarias

esa benevolencia

de aquella vieja Patria;

que eres hija de un godo

capitán de batallas,

medio contrabandista;

por si más señas faltan,

e hija monolítica

de tu doble en esencia

y enseñanzas.

¡Y cómo te pareces

a la abuela ya muerta!

me cuentas que una noche

una bala perdida

hirió de muerte,

al hermano predilecto.

y llegaste de Oriente

al centro-norte

a brindar tu cariño

y tus cuidados.

 

La ley, en ese entonces,

descansaba al costado

de un negro

muy buen mozo

de hablar tan educado

que, hasta una blanca fina,

hubiera enamorado.

 

Y fue allí

al encontrarte

con negro de ojos negros,

caballero y galante

se encabritó tu pecho

y comenzaste a amarle

sin entender el hecho.

 

El era barlovento,

tu el Oriente

en el talle.

 

Fui así como la blanca

se consiguió su negro

y hasta el civil se fueron

rompiendo con tus reglas,

armando tal debacle

que al hermano ya sano

le tocó liberarte

si no del nuevo yugo,

del antiguo estandarte.

 

La abuela al enterarse,

según contó mi tía,

fue rumbo a la cocina

tomó el filoso acero

que usaba en la faena

y cercenó el pulgar

como absoluta muestra

de que no figurabas

en la familia aquella

y que a todo propósito,

también estabas muerta.

 

Pasó un gran tiempo así,

sin que te hablaran

te quedó la vida

sin la herencia.

Por más que la pediste

o te tocara.

 

Así surgió la casa,

la tierra, animales,

la escuela, la docencia

en muchos, muchos niños

del Barlovento grande

y llegaron los frutos

de la unión y el cariño

y llenaron la casa

de risas y de gritos.

 

Mientras papá cantaba,

leía o enseñaba

tu enseñabas entonces

las primeras letras

y hacías torta melosa

que vendías por la tarde

a todo el que buscaba

el dulzor y la frase

que recuerdo animosa,

inquisitiva y suave.

 

Se fue llenando el patio

de flores y cambures,

de hijos y aguacates

y antes de que crecieran

lo suficientemente,

por que Dios no quisiera

que se mueran los padres,

se nos marchó la luz

hermosa de aquel hombre,

dejando tu destino sin amarme.

Quedaste casi huérfana,

casi, porque luchaste

con una vehemencia,

con su tesón

tan grande,

que hombres y mujeres

de buena fe, lograste

trabajando y luchando

audaz,

sin doblegarte

y fueron diez los hijos

que quisiste o pensaste

el mayor fue a la guerra,

la mayor murió en balde

¡tanta vida y belleza

llorándose al instante!

 

Ahora, cuando somos

ya lo bastante grandes,

cada uno a lo suyo

cada cual al casarse

te bendijo con nietos

listos para abrazarte.

Los nietos te dieron hijos

dispuestos a respetarte

¡ya tienes tantos bisnietos

que no logramos juntarles!

 

Cuatro hermanos,

cuatro hermanas,

¡ocho almas

pá venerarte!

 

Y yo que te vengo viendo

te digo la misma frase.

¡tronco de mujer carrizo;

y Dios te bendiga.

Madre!

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