Aquí tengo el altar
donde aquietar las alas
que se venzan cansadas
de caminos,
entre esas madrugadas
sin esperas,
claudicando a los nuncas
del destino.
Aquí tengo una dadiva
en vigilia
para que los anhelos
se adormezcan
después de ese fragor
que da la lucha
que nunca desestimas.
Aquí tengo una voz
para cantarte
cuando todos tus quieros
anochezcan
y tu boca sellada
se acostumbre
a no decir requiebros
que me llenan.
Aquí tengo el poder
de compartirme
llenándote de luz
sin que amanezca.