Nada más triste
que el largo despertar
de las palabras,
cuando un adios
te marca y te consagra
a esa risa perdida
del amigo de siempre
en la batalla.
Nada más triste
que le llanto derramado
por amores o vicios
del áspero pasado,
relegando contigo manuscritos,
llamadas inconclusas y deseos
que se crecen al ritmo
de las horas
y te niegan la paz
en los desvelos.
Nada más triste
que saberte triste
a través de las horas
y las tantas rutinas,
que alargan el pesar
y te marginan
a esa paz que se siembra
y, siempre viva,
mantiene la altivez,
la calma y la rutina.
Nada más triste
que esconder las horas
en la página en blanco,
que resiste,
cualquier palabra
que te viene al vuelo,
cualquier deseo,
que siempre, muere triste…