Deceso
Deceso

Deceso

La ciudad casi duerme

y lentamente,

el cerro,

con el rosado sublime de la tarde

y el verdor agrietado

de su cuerpo, duerme también.

Desdibujada ya

la gran ciudad

parece

un enorme cascarón

con mil antenas

y miles de luciérnagas

adosadas y audaces.

El día muere ya,

y el hombre,

este hombre

de hoy

y de mañana

quiere echar a dormir

su pesadez de siempre

y su canto al trabajo

se decanta

en el hogar,

su templo y su esperanza.

Después de la faena

el ansia claudicada

hará parir, quizás,

nuevas mañanas,

turbias por el sudor

o por las lágrimas

y allá, a lo lejos,

nubes

pasan turbando el aire

con su aliento nocturno

deceso…

Esta vorágine absoluta,

no descansa.

Al igual que a mi musa

los siglos la descalzan

y se va,

inquieta y mística

como se va la tarde

trasnochando caminos

y amaneciendo cantos,

con el frío en el alma

y el llanto en el costado

muere la tarde,

al fin

y debería

estarse quieta

en la ciudad

y en mi,

y eternizarse…

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