¡Buenos Días Sol. Patria, Buenos Días!
¡Buenos Días Sol. Patria, Buenos Días!

¡Buenos Días Sol. Patria, Buenos Días!

¿Sabes la historia

de la niña aquella

que en un día Domingo

se encontraba

cantando el Himno Nacional

en el teatro

de la vieja escuela?

 

Pues bien,

su voz

tan fuerte y ancha

como los caminos

cantaba con los bríos

que mantuvo

hasta que estuvo grande.

La cosa fue,

que no esperó el aplauso

y, tomando la larga falda

entre los largos dedos,

mientras mecía sus tangas,

corrió desde la escuela

hasta su casa

allí, con gran asombro

se moría,

ahogado entre sus aguas

cristalinas de lluvia,

las cuales anegaban

el cuarto de sus padres,

un sapote, muy gordo

que usaba lentes negros

y, ahogándose pedía

que la niña lo salvara

de lo que se imponía

pero la niña aquella,

río

y su sonrisa

iluminó la casa,

despertando del sueño

que así la entretenía;

en eso,

un murmullo,

que luego se hizo grande,

cruzó la calle entera.

Campesinos y obreros

de su tierra,

blandiendo sus machetes y banderas

entonaban el himno

que cantaba en su sueño.

La pequeña,

muy de prisa, dejó su cama,

atravesó la estancia

y con gran avidez

abrió de par en par

las dos ventanas;

la mañana,

apenas asomándose,

y un rayito de sol

apenas diluía

la oscuridad de voces

en franca algarabía:

¡ha caído el tirano!

gritaban entre risas

y al brillo del gran Sol

la niña dijo:

¡Buenos días Sol. Patria, buenos días!

el sol llegó por fin,

pasaron las consignas

y el padre entró en la casa

abrazando a su niña.

(el había estado preso

allá en la capital

lo mantenían,

por amar a su Patria

y escribirlo,

tan clandestinamente

como se suponía).

Fue así

como ese pueblo

tuvo el regalo un día

y nació la república

que ha poco venderían

a mejores postores

esos mismos políticos

que antes la defendían

pasaron varios años,

cada cinco venían

y hablaban en el pueblo

de Patrias y de orgullos

de luchas y promesas

mientras la empobrecían.

 

Mientras cegaban vidas,

y cobraban

las jugosas ganancias

a escondidas;

mirada al Padre honrado

cuando representaba

al Partido del pueblo

y todos lo seguían.

Pero el padre enfermó

y aquella enfermedad

languidecía

aquella robustez

que tanto amaba

y que poquito a poco

se perdía.

Pasaron otros años,

entre tanto,

muertos o desaparecidos,

algunas veces,

cobraban notoriedad

en los periódicos

que, a veces, consentían.

en poner el honor

en el justo lugar

que así debían,

olvidando la intriga

en la política

para entonces,

la niña había crecido,

se hizo madura viendo

la verdad de la Patria

que se estaba escondiendo

esa mano traidora

que buscaba comprarla

y otros tantos traidores

que la estaban vendiendo.

Aquel Partido, entonces

en el cual luchó el Padre,

se dividió tres veces.

Fue el hermano querido

el que hizo,

de una de sus ramas

estandarte.

Y se fue a las montañas

a pagar con su vida

la vida de la Patria

que ya se consumía.

 

Pasaron otros años

con igual pesadillas.

La niña, ya mujer,

callaba y escribía,

en tanto que la Patria

lloraba y resentía

el no poder sufrir

por tanto tiempo

el hambre de pueblo

y la venta tan ruin

que así le hacían.

 

Entonces,

la explosión llegó a las calles

con asombro;

esta mujer de ahora,

que antes era niña,

miró a sus hermanos,

como aves de rapiña

tomando cada calle,

saltando vitrinas

y tomando a su paso

lo que ellas contenían

para aplacar el hambre

que hace tiempo sentían:

hambre de la justicia

que les pertenecía.

Fueron muchos los muertos

que hubo ese día

fueron asombro y lágrimas

sofocando las ruinas.

 

Y mientras tanto,

cuentan,

allí en el ejército

y entre la sociedad

que les seguía

un grupo agazapado

su furia contenía.

A unos fieles valientes

de esta Patria

les dio por asumir

los sinsabores

de alzársele a los jefes

y señores

que mantenían la Patria

entristecida.

Por ahora….

Dijo el valiente entonces

uno más de la lucha

clandestina,

para no derramar

sangre de hermanos

que ya tenían la Patria

tan querida.

 

Fueron a dar

los alzados a la cárcel

y pagando con dos años

la hidalguía.

Pero no pudo el gobierno

retenerlos

haciéndolos más mártires

de lo que ya serían.

Fue así

que a todos los soltaron

para no fomentar

la abierta oposición

que se sentía

y con grandes fanfarrias

de la prensa

cada cual recibió

una amnistía

llegaron elecciones,

nuevamente,

y paso, lo que pasar tenía

el muchacho que dijo:

por ahora…

a riesgo de su vida,

gano las elecciones

por un margen

inusitadamente refrendado

por la cuarta república

que ya languidecía.

 

Miró entonces la mujer,

que antes fuese niña,

el mismo clamor

en sus hermanos,

enarbolando el tricolor,

que ella tanto quería,

reflejando a su pueblo.

Y vio a su pueblo

reflejado en sonrisas

y miró las sonrisas

repletas de esperanzas

y vio las esperanzas

cambiándole la vida

a esa tierra tan rica,

tan llena de miserias

y de tumbas vacías.

 

La niña, ya mujer,

miró a su padre

en los ojos de todos

los que luchan

y vio al hermano

entre los girasoles

que la nueva República

encendía.

 

Fue hasta palacio

la muchedumbre, entonces,

pidiéndole a su líder

las consignas

toda la noche

estuvo hablando el líder

mientras la oscuridad

se deshacía,

y cansados y alegres

se fueron a sus casas

todos los que aclamaban,

cantaban y reían.

 

Esa niña-mujer,

desde su propio balcón,

mirando el cerro

tras la amada ciudad

que renacía,

dijo;

llena de inmensa dicha:

Buenos Días Don Sol

Patria, Buenos Días.

 

Y la Patria,

mirando a la mujer

que antes era niña

le dijo sonriendo:

¡Buenos Días Don Sol!

¡Mi niña, Buenos Días!

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