Adoro ser como el solaz de la brisa
que se afina en tu rostro
y te hace suspirar mientras te besa.
Como la paz que llega a ratos
y suaviza los ásperos momentos.
Como ese despertar ligero de los niños,
alegre y juguetón,
hambriento o lleno
de todas las preguntas que enfrentamos.
Como la pasividad de la montaña
que logra convencer sin decir nada,
mientras para las aguas
de ese valle que amamos.
Como los algodones cambiantes
que dan paso
a un cielo siempre azul
para el ocaso.
Como las aves libres que saludan
a todos los que encuentran a su paso.
Como el viajero eterno que reanuda
cada paso que da mirando al mundo
releyendo caminos y buscando
diferencias y símiles en todos los espacios.
Como el dueño o la dueña
de algún eterno amor
reflejado en la lápida del tiempo.
Como el mar que transcurre, ola tras ola,
con la augusta hidalguía del gran poder
de sus gentiles brazos,
capaz de sosegar o mutilar
según sea el discurso de su abrazo.
Como la luna que transitando eleva
el subir y el bajar de las mareas
y entre la luz de las estrellas vela
a la gran madre tierra condenada
a girar alrededor del astro
que se alza sobre ella y la calienta.
Adoro, sobre todo,
ser como la risa feliz de algún encuentro.
Como un buen samaritano
que le ofrece su dádiva al sediento.
Como una carta, llena de sentires
que rompe con lo triste de la espera,
dejando el corazón libre de miedos.
Como el sonido del timbre tras la puerta
albergando los pasos de la visita buena.
Como un verso pequeño que se escribe
cuando juega al amor la primavera.
Como la lágrima alegre que navega
por la cara risueña,
midiendo la longitud de la sonrisa.
Como ese respirar, sintiendo solo
que la vida se pasa de algún modo,
no importa lo que anheles o en que creas.
Es por eso que paso, paso a paso,
de mis grandes anhelos
a mis pequeños saltos.