Mi padre fue poeta,
mi abuela fue poeta
y mi madre,
también es un poco poeta.
Nací como entre trinos
y crecí con el canto,
apegado a mi sombra
y a mis cinco sentidos.
Mi padre fue poeta
y en el ancho camino
se encontraron mis pasos
con sus huellas,
y aquí estoy.
Soy poeta de cantos
abiertos como el río
y en cada llamarada
de cada cielo abierto
siento el calor
profundo, vívido,
tan tejido en mis alas,
que soy inmensa llama,
presa de desvaríos.
En cada suspirar
del día
que se aleja
soy ráfaga nocturna
que agonizante espera
el cálido fulgor
que da la luna
o el quieto titilar
de las estrellas.
Y mi canto
es de nácar,
es de amor
y suspiros,
es un latido quieto;
apaciguado y místico
que regula
sus fuerzas
o mi ritmo.
Voy al compás del alba
porque nací en suspiros
y sólo el despertar
me llega el desafío
del encuentro final
con mi final propuesta
de ser sólo el cantar,
sólo el sentir,
que soy Poeta.
Es este canto diario
el que duerme conmigo
y tiende alas propias
y propias agonías,
sobre la agonías,
que no cubrió la Tierra
con su atavío triste
y sus recuerdos fijos.
Canto porque en mis manos
tengo algo de Poeta,
cantos que ya tejieron
las manos tejedoras
de mi padre,
jugando a asonantar
versos y besos,
cantos y amores,
hijos y flores,
flores y altares.
Soy Poeta de cantos
como lo fue mi padre
porque encontré su huella
en el camino
y mi paso fue dando
con su huella.
Tal vez porque
calzando su destino
la muerte se escondía
y el recuerdo
ya no era tan lejano,
y era mi posesión
su poesía.